¿Te ha pasado que te levantas un día sintiendo que no tienes energía?


El Dr. Hawkins, en su libro El poder frente a la fuerza, explica como cada emoción carga su propia frecuencia de energía, y ese nivel energético se traduce en cómo te sientes. Mientras leía sobre este concepto, iba concluyendo algunos elementos prácticos para mi vida, y otras dudas iban surgiendo:

· ¿Puedo cambiar mi nivel de energía si siento amor, paz y alegría durante mi día?

· Si las emociones son frecuencia, ¿entonces al sentir vergüenza, mi cuerpo se siente más denso y más me cuesta moverme?

· Si cambio mi estado de ánimo, ¿cambia la energía de mi cuerpo, y cómo funciona la frecuencia, al tener frecuencias altas, atraigo otras frecuencias altas también?



La pregunta entonces era la siguiente, ¿puedo manejar mis emociones?

Al hacerme esta pregunta sonaba muy trivial, y pensé que la respuesta era un . Algo aparentemente tan sencillo como mis emociones, ¿cómo no iba a poder cambiarlas a mi gusto?


Pues resulta que las emociones se desatan luego de que hemos procesado un pensamiento, y en muchas ocasiones, siento que mis pensamientos pueden entrar a mi mente sin pasar por un “filtro de seguridad” inicial. Por eso reacciono a las mismas palabras de las personas, rompo promesas que me hago, digo cosas cuando no quiero decirlas, pues son más rápidos los pensamientos en llegar a mi mente, que mi conciencia en detenerlos y pensar. Incluso es como si fuera una programación automática ante muchas situaciones que se instauró en mí, luego de repetir la misma escena tantas veces.


Me di cuenta de que, para poder manejar mis emociones y tener siempre un estado de ánimo y una energía elevada, debía buscar cómo poner ese filtro de seguridad a mis pensamientos.

Resulta que para esto sirve la meditación. En ese momento pensaba que la meditación era para personas que se enojaran fácilmente (yo me consideraba una persona tranquila que no explotaba con tanta facilidad), pero al ver la escala de Hawkins, incluso emociones silenciosas como el miedo, la culpa y el remordimiento son más nocivas que el mismo enojo, y estas emociones sí eran más familiares para mí. Así que decidí empezar a meditar para evitar los pensamientos que me llevaban a sentir estas emociones de baja frecuencia.

El concepto era muy sencillo, por periodos de 20 minutos me sentaba a respirar haciendo énfasis en mi corazón, enfocando mi atención en que la respiración no venía de los pulmones, sino de mi corazón. Cada vez me enfocaba en tener una respiración más pausada. Luego de 5 u 8 minutos (según el reloj de mi mente) empezaba a “practicar” emociones elevadas. ¿Cómo se siente en mi cuerpo el amor, cómo se siente la alegría, la paz? Al pasar el tiempo, mientras más practicaba, más natural se sentían estas emociones en mi cuerpo.


Incluso, me sorprendí un día cuando me di cuenta de que en medio de mi meditación estaba sonriendo, como si fuera parte de un instinto natural a esa emoción. Es decir, ahora mi cuerpo seguía a mi mente.


Luego de practicar durante un mes, me doy cuenta de que ahora entiendo cómo se siente cada emoción en mi cuerpo. Estoy mucho más consciente de cuando aparecen, pues ya no es un ejercicio que pasa desapercibido, y esto es un gran logro para mí. Si bien aún siento emociones de baja frecuencia, puedo darme cuenta mucho más rápido de que esta emoción habita mi cuerpo y puedo cambiarla, evitando que mi cuerpo permanezca durante largos periodos de tiempo dentro de esta frecuencia baja, llegando incluso a enfermarme.


También fue muy lindo comprobar algo que había leído sobre las emociones que funcionan como imanes, con frecuencias magnéticas, lo que quiere decir que entre más tiempo permanezca alegre, más personas alegres llegan a mi vida.


Escrito por Andrea Vásquez

Líder de transformación administrativa

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