Abrazar nuestra fragilidad nos hace más humanos


Pocas veces se nos ha dicho que debemos conocernos a nosotros mismos, pararnos frente al espejo para apreciar nuestra superficie y después mirar el interior y reconocer las luces y sombras que hacen

parte de nosotros. ¡Lo cierto es que da

miedo hacerlo!


A mis 23 años, encerrada en casa por la cuarentena, cuidando de mi hijo, conviviendo con mi familia todo el día todos los días y teletrabajando en un lugar completamente nuevo dedicado a compartir herramientas de atención plena… ¡Me derrumbé! Sin máscaras y sin escapes la copa se rebasó y quedó la fragilidad.


Me di cuenta de que le temía a mi propia fragilidad, a esa sensación de “quedar al descubierto”, “expuesta” o “vulnerable”.

Pero no tenía claridad de qué no quería mostrar. No sabía qué le ocultaba a quienes estaban a mi alrededor porque ni siquiera sabía lo que había en mí, y eso me generaba ansiedad, miedo… ¡Mucho miedo! Y lo curioso es que seguía siendo un miedo hacía el resto: miedo a que mi hijo me viera llorar, cuando la sociedad me ha dicho que las mamás debemos ser fuertes y sacrificadas; y, miedo a que mi familia preguntara “¿qué te pasa?” porque me sentía incomoda de decir “me siento mal, estoy cansada”, ¡es que me enseñaron que debo decir “bien”!


Al final, resumiendo el cuento, me tocó, a regañadientes, preguntarme ¿y bueno, qué me pasa?, ¿cuál es el lío con que mi hijo sepa que su madre es un ser humano como cualquier otro?, ¿qué es lo que realmente siento en este momento?, ¿a qué le tengo miedo?, ¿¡quién carajos soy!? Para al final responderme que no sabía, ja, ja, ja. Obviamente no da risa, de hecho es angustiante, pero es una realidad, las respuestas a esas preguntas no aparecen de la noche a la mañana ni llegan a ti como una revelación mística mientras te tomas un café. Es un proceso, un proceso que no termina, pero es mejor eso a que nunca empiece.


Y en ese proceso a veces nos tocará ser niños. ¿Qué hace un niño cuando hay un monstruo en el armario? Se mete bajo las cobijas, enciende la luz, llama a sus papás… En cualquier caso, siempre abre el armario y lo desordena un poco, para cerciorarse de que no hay nada que temer.


En conclusión, a veces nos tocará desordenarnos y siempre, siempre, expresar lo que sentimos, para sanarnos, soltar, liberarnos y reconocernos. Si te sientes muy perdido en el camino, hay muchas herramientas que te (nos) pueden ayudar como escribir, hablar, pintar, cantar, meditar, hacer deporte… Hay una infinidad.

Y claro, también es válido, de vez en cuando, meterse bajo las cobijas.



En la orilla / al principio / somos azul claro / conchas / arena y sol.

A medida que nos vamos conociendo / somos azul oscuro / Profundidad / Especies desconocidas / Tormenta y paz

Y en el centro / en lo profundo de lo profundo / de nuestro centro espiritual /de nuestro cuerpo

causal / todos somos silencio / Somos silencio / Silencio


El mar dentro de nosotros. (Desconozco el autor del poema, lo encontré en mi carpeta de screenshots).

Escrito por Luisa Osorio Echeverry

Líder de comunicaciones en Amar Vivir Hoy

Comunicadora social - periodista


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